Procuro vivir cada uno con gratitud y buena disposición, con la alegría de un nuevo amanecer. Sin embargo hay días que no son buenos. Toca sostener la nostalgia, el miedo, incluso el dolor. Hay días que uno quisiera quedarse en la cama dormido hasta la mañana siguiente pero hay que vivir.
Cada día viene con su propio afán. Los días malos nos enseñan a no huir de nosotros mismos, a amarnos en complitud, con todo lo que nos preocupa. A sostenernos.
La mejor medicina que he encontrado para estos momentos es respirar. Ser consciente de la respiración y hacer el ejercicio de respirar plenamente. Tu cuerpo y mente se van calmando, oxigenando y aquietando.
Los días malos vienen cargados de aprendizajes. Lo más importante es no huir, mantenerse en esas sensaciones sin escapar y respirarlas para trascenderlas.
Poco a poco vas purificando tu ser, volviendo a tu centro y percibiendo todo aquello que te produce alegría. La gratitud es una buena medicina también, y la convicción de que las malas sensaciones se van, como llegan, se van, pero ¡que mal se pasa!.
El camino interior no esta exento de piedras, de montañas y barro. Todo forma parte de un plan mayor. Aligerar la mente se hace imprescindible, quitándole hierro a las cosas y confiando plenamente en Dios. La idea de que Dios está ahí siempre para sostenerte consuela profundamente a los que creemos en el.
El es el faro de esperanza que nos permite crecer en la adversidad. Y de pronto un nuevo día, una nueva oportunidad, el sol que sale cada mañana y el cuerpo renovado. Un día más, un paso más, para crear nuestra propia historia forjada por lo más humano, las emociones que vienen y van, las sensaciones de estar aquí vivo, y la curiosidad por aquello que está por venir.
El dolor, bien transitado sirve mucho. Nos hace ser mejores, tener más empatía e historia. Las personas que han logrado sacar partido del dolor, son luego las más valientes, las más disfrutonas y agradecidas.
Cuando tengo un mal día, procuro no revelarme…»hoy no es mi día»…y todo pasa.
«Nada te turbe, nada te espante, Dios no se marcha».
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